Capítulo XIII
TODO EMPIEZA Y TERMINA EN EL CORAZÓN
Al comenzar este cuaderno, habrás notado que la portada es la imagen de una cruz con una corona de espinas rodeando al corazón que está en medio. Cuando Andrés Coindre recorría los alrededores de Lyon con los Padres de la Cruz de Jesús (los llamados “Cartujos”), cada misión terminaba indefectiblemente con una misa solemne a la que asistía todo el pueblo y la erección de una cruz conmemorativa. Muchas de ellas se mantienen hasta el día de hoy y varias llevan en su centro el Corazón de Jesús con el que tanto se identificaba nuestro fundador.
Cuando los hermanos del consejo general quisieron dejar un signo físico del festejo del Bicentenario de nuestra fundación, en 2021, decidieron erigir una cruz al estilo de las de Coindre en los jardines que rodean la casa general en Roma. Para ello tomaron como modelo la de Saint-Germain-Laval, donde nuestro fundador y sus compañeros predicaron una misión del 14 de enero al 22 de febrero de 1818.
Lo que quiero destacar aquí es que la cruz colocada en nuestra casa general representa muchas cosas al mismo tiempo:
En primer término, la cruz siempre representa a Jesús y esta cruz en particular deja bien patente ese contraste entre el dolor (la cruz en sí con la corona de largas espinas) y el amor (representado en el corazón dorado que se ubica en el cruce de las dos dimensiones: vertical, hacia Dios, y horizontal, hacia los hermanos). Tal vez la palabra adecuada no sea “contraste”, sino más bien “complementación” o “unidad” entre el dolor y el amor; pues Cristo nos enseñó que sólo el dolor vivido por amor tiene sentido y es redentor; así como que el amor, si es “hasta el extremo”, lleva al dolor con, por y para los otros y lo atraviesa hasta llegar a la eternidad.
En un segundo aspecto, las cruces de misión no eran exclusivas de Andrés Coindre, sino que eran de todo el grupo misionero. Por tanto, son un signo de la Iglesia que sale al encuentro del hermano, que hace historia y que deja huellas. Tenemos constancia de sermones de fin de misión en los que Andrés predicó sobre la reconciliación y el perdón entre todos los habitantes del pueblo; las cruces, por tanto, también eran símbolos de la unidad de toda una comunidad creyente.
Pero lo que creo que nuestros hermanos del consejo general priorizaron a la hora de elegir este símbolo es su identificación rápida con el propio Andrés Coindre. Es así un testimonio de su paso fecundo por este mundo que, como el propio Jesús que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), estuvo marcado por el amor y por el dolor, incluso en una muerte ignominiosa como la que tuvo Cristo.
Y, finalmente, la cruz es un símbolo de nuestra comunidad, de nuestro carisma compartido, de todos los que caminamos juntos como hijos e hijas de Coindre en este tiempo de gracia del Bicentenario. Y aunque las cruces de misión nada tuvieran que ver directamente con las obras educativas de los primeros hermanos, hemos adoptado la cruz con el corazón en medio como un signo de nuestro carisma que llevamos y mostramos con orgullo.
Por todo esto, elegí esa imagen para la portada del cuaderno, porque allí está todo: la entrega absoluta de Cristo, la comunión de la Iglesia que nace de su Corazón abierto, la pasión de nuestro fundador, su vida y su muerte… y nosotros, que hoy encarnamos su carisma doscientos años después. Porque el mismo Jesús dijo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará” (Mt 16, 24-25).